Todo es una cuestión de expectativas

En la bolsa como en la vida todo es una cuestión de expectativas.

Nuestras alegrías y decepciones vienen condicionadas por la diferencia entre lo que realmente sucede o es y lo que esperábamos de ese suceso, persona, objeto, empresa...

Pongamos un par de ejemplos:

Imaginemos que tenemos un nuevo compañero de trabajo y por su currículum, buena presencia y amabilidad esperamos que sea el compañero perfecto. Resolutivo, simpático y muy trabajador.

¿Qué pasaría si no fuera simpático o resolutivo o muy trabajador?

Está claro, ¿no?

Veamos el segundo caso.

¿Y si nuestro nuevo compañero tiene fama de ser muy "recto", serio y mal humorado?

¿Que pasaría si después de conocerlo durante meses no te llevaras mal?

Seguramente pensarías, "no había para tanto".

Sin embargo, en ambos casos hemos vivido un proceso de sentimientos que van desde elevadas esperanzas positivas a la decepción en el primer caso. Y en el segundo caso, de tener expectativas negativas y, seguramente cierto desasosiego al conocer al nuevo compañero, a una agradable sensación de tranquilidad y control al ver que al final el nuevo compañero es de "buena pasta".

Pues bien, en los mercados financieros pasa exactamente lo mismo.

El sentimiento del inversor viene claramente condicionado por las expectativas de medio y largo plazo para un empresa, sector y/o país.

El inversor compra expectativas no resultados.

Consecuentemente, la clave está en las expectativas pero...

¿Qué esperas del mercado?

¿qué esperan la mayoría de inversores del mercado?

O mejor, ¿qué esperan los que ganan en los mercados financieros?

Es decir,¿qué espera la minoría?